De las pocas cosas que tengo claras sobre la procrastinación es que es un trastorno complejo que difícilmente se puede despachar con una breve explicación o tratamiento. Son muchos los factores concomitantes que confluyen en ella, y siempre hay que entender sus efectos en el contexto de las personas que la padecen, en mayor o menor medida.

Es frecuente toparse con libros o artículos que recomiendan, sencillamente, mejorar nuestra gestión del tiempo, recomendando métodos de control de las tareas y su "timing". Esta aproximación me parece errónea puesto que delimita la procrastinación a un simple problema de gestión del tiempo, y por desgracia es algo más profundo que eso. Un frente mucho menos abordado es su posible origen patológico. Es decir, que las personas que padecen de procrastinación pueden estar sufriendo una leve enfermedad neurológica, quizás de origen genético, que predetermina su comportamiento. Siendo así, un par de consejos sobre como gestionar nuestro tiempo es bastante inane.

Una de las vías de investigación más sólidas sobre los posibles orígenes biológicos de la procrastinación es la que vincula dicho trastorno a cierta incapacidad del cerebro para producir dopamina. La dopamina es una de las muchas moléculas neurotransmisoras que circulan por nuestro cerebro. Entre otras funciones (como la regular la presión arterial), es responsable de regular los mecanismos de placer y la sensación de recompensa tras realizar una tarea necesaria para nuestra subsistencia, como pueden ser por ejemplo comer o tener relaciones sexuales.

 

 Sin embargo, la dopamina no está tan relacionada con la sensación de placer instantáneo como con la predicción de dicho placer: es decir, es responsable de indicarle a nuestro cerebro ejecutivo cuánta recompensa recibirá por el trabajo que está realizando, independientemente de que dicha recompensa no sea inmediata.

Se han realizado experimentos y algunos ensayos clínicos en este sentido. Por ejemplo, en Agosto el año 2004 los doctores Richmond, Zheng Liu, Ph.D., Edward Ginns publicaron en el Proceedings of the National Academy of Sciences un estudio con primates donde se les sometía al típico experimento de recompensa a cambio de un sencillo trabajo manual. En este caso, se les proporcionaba a los primates un jugo de frutas si pulsaban un botón un cierto número de veces. Solamente tras haber completado la serie de pulsaciones, recibían su premio. En una pantalla se mostraba una barra de progreso que indicaba cuán cerca estaban de su obtener su ansiado y sabroso jugo. Pues bien, se observó que los sujetos a estudio eran más eficientes en su labor (pulsaban con más frecuencia el botón correcto) cuanto más cerca veían su objetivo, es decir, cuanto más se aproximaba la barra de progreso a su final. Este comportamiento no nos es extraño a los humanos: nos apresuramos más cuando vemos más evidente e inmediatos los frutos de nuestro esfuerzo.

 

 

 

Lo que se hizo con estos primates fue inyectarles una sustancia inhibidora del gen responsable que la inhibición de la dopamina. Al hacerlo, los cerebros de los simios eran menos conscientes de la correlación entre su esfuerzo y la lejanía de la recompensa, por lo que procedían a pulsar el botón con una enorme y constante eficiencia, sin importar la posición de la barra de progreso. En otras palabras, no les daba flojera pensar que su jugo todavía estaba a muchos "clics" de distancia, por lo que no abandonaban la tarea.

En otra área de investigación, se han desarrollado medicamentos para el tratamiento del TDAH (Transtorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) cuyo principio activo es una molécula precursora de la dopamina que consigue activar los receptores de ésta en las áreas del cerebro responsables de los mecanismos de recompensa, con resultados positivos. 

En personas que, debido a una lesión o una predisposición genética, los niveles de dopamina en estado de reposo son inferiores a la media, pueden darse comportamientos de procrastinador. El motivo es que la parte ejecutiva de su cerebro, es decir, el córtex prefrontal (donde residen gran parte de los receptores D2 de dopamina) no llega a su umbral de activación, al ser consciente de la lejanía de la recompensa por el esfuerzo que se ha calculado que hay que realizar. ¿Conclusión? El sujeto se queda paralizado y es incapaz de ponerse a realizar la tarea que le es encomendada, aunque sepa racionalmente que es bueno y le conviene completarla, y que en un futuro recibirá su recompensa... ¿Verdad que todo esto nos suena de algo?

La noticia inquietante de todo esto es que las mismas deficiencias que conducen a la procrastinación están muy relacionadas con otros trastornos neurológicos / psicológicos más conocidos como pueden ser la psicopatía o la esquizofrenia.

A partir de este punto, uno se puede preguntar: Bien pero ¿cómo le ponemos remedio? Lamentablemente aplicar la misma terapia que se realizó con cobayas primates a humanos es de momento inviable por muchos motivos. Existen complementos dietéticos (un eufemismo para llamar a algunos medicamentos) que pueden ayudar y que contienen L-DOPA, y que se usan para casos de TDAH. Como cualquier medicamento, es obligatorio emplearlo con sumo cuidado y con supervisión médica, ya que tiene numerosos efectos colaterales.

Conviene no olvidar nunca que cambios en los hábitos de vida a menudo tienen el mismo resultado que un fármaco y resulta más saludable como método de curación. Hacer ejercicios físicos que nos gusten, activar nuestra vida social y mantener una alimentación rica y equilibrada son, aunque muy cacareados, los mejores consejos que se me ocurren. O también, en casos de procrastianción más graves, empezar el día procrastinando, como aconsejaba en un artículo anterior, ya que existe una posibilidad de que tareas "procrastinadoras" ayuden a elevar algo los niveles de dopamina a un punto que nos preparen para realizar tareas de recompensa más difusa.